
Entre 410.000 y 800.000 personas se manifestaron este sábado en Francia pidiendo mejores servicios públicos y más dinero para la educación. El Gobierno de Macron había intentado limitar las marchas esa semana, pero la gente salió igualmente. Las protestas llevan meses, y la tensión entre ciudadanos y autoridades sigue creciendo.
Emmanuel Macron es el presidente de Francia. Su Gobierno lleva semanas enfrentado a una oleada de protestas. Empezaron en septiembre con estudiantes que pedían más profesores, colegios en mejor estado y cambios en cómo se accede a la universidad. Con el tiempo, los sindicatos (organizaciones de trabajadores) y los llamados chalecos amarillos (un movimiento de ciudadanos corrientes que protesta desde hace años por el coste de la vida) se sumaron. Este sábado volvió a haber marchas por todo el país. El dato clave es que el propio Gobierno había intentado esta semana reducir las protestas: Macron dijo públicamente que recomendaba no manifestarse y que prohibirían marchas de quienes consideraban que no tenían derecho a convocarlas. También se prohibió salir a la calle en varias ciudades. Pese a eso, la gente salió. En paralelo, en la ciudad de Orleáns se celebró el congreso de Agrupación Nacional, el partido de extrema derecha liderado por Marine Le Pen, y miles de personas se manifestaron allí en su contra.
Si las protestas continúan, el día a día en ciudades como París, Marsella o Lyon puede seguir viéndose afectado: cortes de tráfico, cierres de comercios, presencia policial reforzada. Para los estudiantes, el conflicto sobre profesores sin sustituto y estado de los colegios sigue sin resolverse. Y para cualquier persona que quiera manifestarse en Francia, esta semana ha quedado claro que el Gobierno puede limitar ese derecho con mucha rapidez y poco margen para recurrirlo.