
En diez años, Europa ha pasado de criticar las alambradas en las fronteras a construir centros donde expulsa a migrantes en países ajenos. Esto ocurre porque ha habido crisis de refugiados, países como Marruecos han usado la migración como arma política, y los partidos de derechas han ganado poder pidiendo más control.
Hace una década, los líderes europeos cuestionaban que España usara concertinas (alambres de púas) en Ceuta y Melilla. Pero desde 2015, cuando llegaron cientos de miles de refugiados sirios, la opinión cambió. Después vinieron otros choques: Marruecos mandó deliberadamente migrantes a Ceuta en 2021 para castigar a España, y Bielorrusia hizo lo mismo a Polonia. Esto convirtió la migración en un tema de seguridad, no solo de acogida. Los ciudadanos europeos asustados votaron por partidos más duros. Ahora, la Unión Europea (UE, que es como se llama el club de países europeos unidos) ha aprobado nuevas leyes que permiten expulsar gente a campos de retorno en países terceros, incluso países donde esa gente nunca estuvo. Europa también refuerza sus fronteras exteriores (las que dan al mundo no europeo) con más vigilancia y tecnología.
En la vida real, esto significa que los migrantes que lleguen a Europa sin papeles ahora serán expulsados más rápido, posiblemente a campos fuera de la UE. Los viajeros notan más controles en fronteras internas (dentro de Europa) porque países como Francia y Alemania desconfían de sus vecinos. Los turistas y trabajadores europeos pueden tardar más en pasar aduanas. Para los países de salida como Marruecos, esto da menos presión migratoria pero también menos posibilidad de negociar. En resumen: Europa cierra, expulsa más lejos y más rápido.