
Los autónomos españoles piden mucha menos baja que los empleados de empresa, no porque estén más sanos, sino porque no pueden permitirse dejar de trabajar: pierden dinero desde el primer día y siguen pagando gastos. Cuando finalmente se enferman tanto que no pueden seguir, sus bajas son más largas porque la enfermedad ya ha avanzado.
Un autónomo es alguien que trabaja por su cuenta, sin jefe ni empresa que le pague. Un empleado normal trabaja en una empresa y si se pone enfermo, la empresa le sigue pagando (o casi todo). Los autónomos no tienen esa red de seguridad. Cuando se dan de baja, dejan de ganar dinero ese mismo día, pero siguen pagando a Seguridad Social (el sistema que cubre médicos y bajas). Además, la prestación que reciben cuando están de baja es baja porque muchos cotizan por una cantidad pequeña. Esto crea un problema: 1,5 millones de autónomos españoles dicen que "no pueden permitirse enfermar", así que trabajan enfermos hasta que la enfermedad les obliga a parar. Cuando por fin se dan de baja, necesitan más tiempo para recuperarse.
Lo que muestran estos datos es que hay dos realidades en el trabajo español. Un empleado enfermo puede tomarse baja sin perder dinero. Un autónomo enfermo elige entre curarse (cerrando su negocio y perdiendo clientes) o seguir trabajando. Esto explica por qué sus bajas son raras pero larguísimas: esperan hasta que no pueden más. El problema práctico es que si alguien no se cura a tiempo porque sigue trabajando, su enfermedad empeora y después necesita más tiempo de recuperación, lo que es peor para él y para el sistema sanitario.